El reportero Bruno dejando el laboratorio, después de nadar en otras dimensiones
Foto: Bruno Torturra Nogueira
Todos en el Ceaec prefieren vestir de blanco. Un blanco impecable de blanqueador. Muchos adoptan también la bata blanca de laboratorio. Da el aire científico, educacional, que Waldo, con su no menos alba barba, aprecia en su ideario. Todos por allí son personas que, por un camino u otro, se vieron fuera del cuerpo, en contacto con conciencias desencarnadas, dentro de una realidad invisible que trasciende la muerte y da fundamento a la propia vida. Gente que no se entregó a las vendas de la religión o al materialismo de la ciencia oficial. Y que vio en las largas barbas y en las palabras de Waldo Vieira una explicación para nuestro desamparo cósmico.
Muchos llegan al punto de dejar su ciudad de origen para convivir con sus semejantes –y con Waldo– en el Ceaec. Uno de ellos, de tan dedicado y competente, nativo de Florianópolis, se volvió administrador de muchos proyectos ligados a la concienciología. Llamado por Vieira el “alcalde de la Cognópolis”, César Cordioli me muestra un poco del futuro de la ciudad del conocimiento. “Este terreno aquí”, y muestra una imagen de un área enorme asignada al Ceaec, “va a ser la Villa Conscientia.” Una partición de terreno residencial en la que van a vivir 600 familias, todas ligadas a los estudios y a la proyección extrafísica. La gran mayoría de los terrenos ya está vendida. Después del estatus oficial de barrio, Cognópolis entró en los folletos turísticos de Foz de Iguazú. César prevé: “Un día todo eso será una universidad, va a formar profesionales de la conciencia. Creo que es inevitable”.
Muerto, pero vivo
De alguna forma César representa muy bien el proceso por el cual una persona cambia de vida para tomar parte en el plan evolucionario en la Cognópolis. A lo largo de su trayectoria, buscó en muchos lugares respuestas a sus preguntas – Rosa Cruz, espiritismo. “Pero igual a eso aquí no hay”, resume ante dos estanterías suyas, repletas de carpetas de estudios y delante de uno de los megalibros de Waldo, Proyecciología, abierto en un aparador como una Biblia de una hogar cristiano. –“¿Pero cuándo vio realmente que la cosa funcionaba, César? ¿Cuándo se convenció de que Waldo tenía razón?”. –“Vi una conferencia suya en Florianópolis y me gustó. Empecé a leer más sobre el asunto e intenté unas proyecciones. Hasta el día en que encontré un tío mío que había muerto”.
“Y me dijo que debería ir a la Justicia, porque un proceso que él dejó corriendo había terminado y tenía dinero esperando”, cuenta sonriendo. “Y realmente lo había, y era algo que nadie de la familia sabía.” Tal como en la historia de César, son muchos los casos en que hay pruebas de que la proyección existe, de que no es una alucinación, es el vislumbre de que espíritus, o mejor, conciexes llevan una vida social muy semejante a la nuestra en la Tierra. Conversan, piensan en dinero, amor, cultivan apegos, rabias y manías. Pueden aprender, cambiar y evolucionar. Y poseen también un cuerpo, menos denso, es verdad, más flexible y mutable, mas aún limitado en tamaño. Es como si también en el más allá hubiera una vida mundana. Y eso es lo que yo quiero ver en persona.
Dios mío, está funcionando. Estoy en el cuarto, mi cuerpo inerte en la cama, y yo, de alguna forma, circulando por allí.
Después de mucho insistir, y esquivar alguna resistencia de profesores del Ceaec, conseguí del propio Waldo la autorización para pasar la tarde intentando una proyección lúcida. Eso después de que él colocara las manos sobre mi cabeza e hiciera correr un extraño flujo de energía que subía de mis pies y llegaba a la cabeza, como si calentara mi cerebro, o una leve corriente eléctrica saliera por la coronilla. Fui conducido a una simple habitación, una casita en verdad, sin aparatos, medidores ni nada que justificara el solemne título: “Laboratorio de Técnicas Proyectivas”. Hay una cama de matrimonio, un sillón delante de un espejo, paredes azules, aire acondicionado y un escritorio con libros de Waldo. No hay ningún doctor allá adentro, sólo la persona que va a conducir el experimento, que es también la cobaya –yo, en este caso. Son las tres de la tarde, y durante las próximas dos horas y media debo dejar cualquier preocupación mundana o personal de lado para que pueda tener alguna oportunidad de éxito en mi intento.
Yo somos
Al preguntar porqué aquel lugar era el más adecuado para el trabajo que, digamos, mi cuarto en casa, me informan de que fueron tantas las experiencias proyectivas en aquel ambiente, que conciencias desencarnadas de buenas intenciones rondan el lugar. “Los amparadores”, explican, “pueden ayudar mucho en ese momento.” Entonces, solo en el cuarto, bastante aterrado, únicamente me acosté, descalzo y con el pantalón desabrochado. Cerré los ojos y quise, con todas mis fuerzas, que la experiencia funcionara.
Siguiendo los consejos en los manuales, visualizaba escenas de un cuerpo energético dejando mi cabeza. Veinte, 30, 40 minutos y practicaba el mismo tipo de disciplina mental que me ayudó mucho a tener éxito en prácticas como el sueño lúcido (vea Trip nº167, en portugués) y viajes psicodélicos de exuberante intensidad. Es decir, conservar en la base de la voluntad un foco nítido, un plan, que será mi ancla de estabilidad en el momento en que la mente despegue hacia lugares desconocidos. El tiempo pasa, un sueño diferente me embriaga hasta que la nítida imagen de un ojo aparece estampada en la parte de dentro de mi párpado derecho. La lucidez no me abandona, pero vaga mareada hasta que me veo de pié en el cuarto azul.
Hay una mujer de uniforme barriendo el suelo. La lucidez vacila, y no estoy completamente entregado a la experiencia. Hasta que me despido educadamente, ella no me responde nada, y una ola de bienestar estalla en mí. Dios mío, está funcionando. Estoy en el cuarto, no hay duda, mi cuerpo inerte en la cama, y yo, de alguna forma, circulando por allí. Entonces veo un árbol pequeño que emana luz blanca. Entro en auténtico shock al tener una súbita comprensión no verbal de cómo un árbol cualquiera es evidentemente sagrado. Mi psicosoma llora súbitamente y me veo al segundo siguiente flotando en el océano, sobre una tabla de surf. Atravieso una, dos, tres olas. Y decido hacer surf en una de ellas.
Oscar Niemeyer entrega y firma la Holoteca, megaproyecto que puede colocar la concienciología en las alturas.Así que doy media vuelta, disponiéndome para el impulso, estoy de pie, intentando salir del mar que, en vez de una playa, acaba en la habitación donde estoy, ante la cama donde mi cuerpo está acostado. ¡Y pumba! Abro los ojos y estoy de vuelta a la versión ordinaria de la conciencia.
Me senté en la cama, medio confuso y en estado de shock. ¿Estaba fuera del cuerpo? Sí. ¿De veras? No lo sé... No traje ningún dato que demuestre, fríamente, que salí de mis límites físicos. No conversé con seres que me dijeran cosas verificables ni vi lugares que después pudiera confirmar como reales. Pero digo, sin dudarlo, que era una sensación muy diferente a la de un sueño. Tampoco tenía las cualidades de la vida en vigilia ni de un trip psicodélico. Me sentía presente, pero pensando en caminos distintos de la mente.
Cuando consigo levantarme, ya son más de las cinco de la tarde. Veo que no hay luz eléctrica. Allí, en Foz de Iguazú, al lado de la represa hidroeléctrica de Itaipú, un día después del apagón de noviembre, es casi inevitable afrontar aquel miniapagón como una señal. Aunque una señal vacía, apartada de un significado claro, como si espíritus, conciencias, Dios, o el cosmos no pasaran, todo eso, de proyecciones de una realidad mayor. Si salí del cuerpo para dar una vueltita en otras frecuencias, algo de aquella dimensión me retribuyó la visita, y dijo “hola” apagando la luz.
Salgo del cuarto y camino solo por el Ceaec. Cuento la experiencia a algunos investigadores dando facilidades para que terminen el expediente. La mayoría se impresiona, dada mi falta de entrenamiento en la proyecciología. La entienden como una proyección, pero no se arriesgan a interpretar. “Practique más, estudie mucho que puede llegar lejos”, fue el consejo general de las personas en el Ceaec. Saliendo fuera, impresiona, al lego reportero, la dimensión del proyecto que Waldo Vieira hizo nacer.
A pesar de la estética y de las conjeturas que pueden fácilmente provocar risas en escépticos, una mente más abierta consigue percibir que mucho de lo dicho por allí tiene sentido. Y la raíz de la cuestión es algo que falta en exceso en un mundo en franca crisis espiritual... el intento serio de encontrar un terreno común entre ciencia y religión. O mejor, de tratar con lucidez aquello que la ciencia se niega a ver, y lo que la religión insiste en mistificar: el carácter multidimensional e inmaterial de la vida, de la conciencia que nos hace seres espirituales. Y buscar de la manera más ecléctica posible cuales son las fuerzas y las intenciones que mueven la evolución hacia delante. ¿Creo en Waldo Vieira? Sí. Por eso mismo dudo de él. “Principio de descreencia”, ¿de acuerdo? Entonces escucho las explicaciones sobre la dinámica cósmica concienciológica con auténtico interés y doy ánimos para que prosperen. Pero con la clara sensación de que la verdad, ¡La Verdad!, si existe, está en lugares inaccesibles al dual cerebro humano – y todavía lejos de aquello que los milenios antes de Waldo Vieira bautizaron como espíritu.